NADIE NUNCA PRÓLOGO

No hay, al principio, nada. Nada.

Nadie nada nunca, Juan José Saer

 

No hay, al principio, prólogo. Un prólogo; nada. El papel amarillento y fugaz, esperando al sol que le acaricie los vértices y a la pluma ciega que deposite su penumbra con parches de color.

Invisible. La curvatura de la espalda, un vibrato de pupilas proyectadas, pastando, víctimas insuficientes del tiempo esparcido sobre una de hoja de papel, sobre la nada que te refriega la nariz que cae y busca el espacio absurdo, ese abismo de continuidad forzada que muge un alarido desbocado, un alarido a lo lejos y escapando.

Está el instante en que la pata de la mosca parece sorber el borde de la tasa, la cima del televisor en reposo, la madera insípida de la mesa centenaria que sostiene con cuatro patas, su propia naturaleza oval y el destino de pose de la tasa usada, la mosca, los antebrazos, el codo, la pluma, el cuaderno de tapas araña, el abrir imperfecto y sostenido, recalcitrante de ese cúmulo de celulosa prensado y orgánico, en el cual el hombre percudirá un prólogo.

No hay al principio prólogo. Prólogo no es principio. Está fuera, es un estigma sin daño y sin marca, redención anticipatoria, línea de carretera en callejón sin salida.

El hombre se despereza, mira la mosca y por primera vez le llega el sonido, un zumbar repetitivo, cansino, difuso. Él no entiende quién es la víctima: si el prólogo no escrito; la mosca a punto de fenecer en una prensa improvisada y articulada –valga la rima previa- por el sostenimiento del cuaderno tapas araña por una mano prensil y la mesa; o él mismo.

No hay al principio más que la cara un hombre. Diles que se detengan un instante y miren la cara de un hombre. La cara de un hombre está totalmente vacía. Mírala de cerca. Diles que miren ellos también. No lo que hacen las caras, porque las caras de los hombres nunca dejan de moverse, son como antenas. Pero lo único que hacen sus caras es moverse e ir adoptando diferentes configuraciones del vacío.[1] El hombre que pretende escribir el prólogo percudiendo el papel pegado y cocido como unidad en un cuaderno tapas araña intervenido por la consistencia viscosa y seca del rezago de mosca decide dejar la silla como si el abandono diera lugar al vacío de su cara y del prólogo o a la nata que hay en su nada de escritor.

[1] La niña del pelo raro, David Foster Wallace, De Bolsillo, 2006.

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