ADN

Posado sobre los azulejos verdes del baño, centímetros arriba del toallero, encuentro un mosquito. Rebosante de sangre, a punto de estallar. Reconozco a un predador en reposo cuando lo veo. Lo noto frágil, como una víbora que deglute a su víctima y queda tiesa. Hago viento con la mano, pero no logro moverlo: está bien afirmado al esmalte brilloso del azulejo.

Podría matarlo. No se necesita mucha destreza. No es una mosca inquieta deslizándose por los platos sucios o una cucaracha habilidosa que se cuela por una alcantarilla.

Soy más poderoso que él.

Calculo en demasía el impacto. Dudo en pegar un golpe seco con la palma de la mano, dar una cachetada con la punta de los dedos o estamparle el antebrazo.

Él sigue ahí, sintiéndose a salvo. Hace un movimiento mínimo. Quizá está riéndose de mí, del hombre a quién picó cuando dormía y detuvo los ronquidos con su insaciable extracción.

Estoy dispuesto a aplastarlo, a convertirlo en una mancha roja con bordes negros. Y a dejar que se seque para avivar el recuerdo cada vez que vaya al baño. Hasta que con una limpieza a fondo sea removido y su historia desaparezca.

Cuando estoy por dar el golpe, entiendo que dentro de esa estructura mínima está mi ADN. Ese mosquito es un portador sano de toda mi estructura genética. Vuela con mi humanidad a cuestas y la pone en peligro.

Quedo aterrado. Tengo que sentarme en el borde de la bañera y respirar hondo. Siento el mismo nivel de indignación que cuando alguna empresa a la que jamás autoricé para que tuviera mi número de teléfono me llama imprevistamente: una clara violación a la privacidad.

Increíble. Triste más que increíble. La impunidad hecha insecto. ¿Y si no solo fuera la estructura genética? ¿Y si portara además de mi tendencia asmática, mi nariz puntuda y el color marrón de mis ojos, rasgos de mi personalidad?

Tengo miedo que desaparezca en cualquier momento, con parte del alma que cultivé toda mi vida.

Sosteniéndose vertical, paralelo a la ducha, el ADN descansa. Fuera de mí. En la panza de un mosquito que parece una carreta.

En esa sangre hay un niño que no quiere entrar al cine por miedo a que Dumbo salga por la pantalla invadiendo la sala, aquel que robó una lata de paté de un supermercado, las noches perdidas buscando respuestas en Internet, el suicida dialéctico, los cientos de libros leídos con sus respectivas letras, la heladera despojada, la promesa de no decir te amo cuando no te ama, el inconsciente con la suma de todos los insomnios, el decirle a una babosa “caracol que perdió su casa”, el fanatismo por la bañera, lo lúdico desde el casino hasta jugar a la casita robada, el tirarse al pasto como proyecto de soledad absoluta, los álbumes de figuritas, las ganas de comerse al mundo y la anarquía autodestructiva.

El riesgo máximo es que hubiera picado en paralelo a otro, y el vientre -¿debería decir vientre?- fuera una especie de sopa desoxiribonucleíca, un Frankestein en potencia pululando por ser vida.

Sigo en el borde de la bañera, mirándote fijo ADN. Me duele bastante la cintura y un poco las rodillas. Aparece el perro y suma otro probable factor sanguíneo. Me acerco a la oreja y le pregunto “¿te picó?”. Sin prestarme demasiada atención me lengüetea la cara.

Dentro del mosquito, hay un potencial monstruo. Y no creo que el código genético sea tan austero, ni que las pequeñas agujas que salen de la cara de un mosquito puedan sintetizarlo y despojarlo de todo contenido personal, como a un jugo de manzana.

Tomo la decisión de congelarlo. La heladera está a pocos metros del baño, con un simple frasco de mermelada vacía, suficiente: es cuestión de acercarlo con delicadeza, lograr que entre y listo, al freezer.

Soy muy inútil.

La inercia con la que moví el frasco provocó un golpe de aire que hizo que el mosquito por fin vuele. Lento, con la parsimonia de un caracol, pero estable. Pongo el frasco en posición e imagino una nave que tiene que acoplarse a la estación espacial. No lo logro: el insecto escapa y pienso instantáneamente por qué no mueren más astronautas.

Cuando quiero hacer un segundo intento, el perro salta y engulle al mosquito. Lo saborea para luego tragárselo, bate la cola y mira al imbécil con un frasco en la mano.

 

             Publicado en Molinos de Viento nro. 1 – Boletín de Artes y Letras – Enero 2019

Descargalo completo en el siguiente link: MOLINOS

 

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