Pantuflas flotando

Se escucha un grito, alguien corre. No miren, desvíen la vista de aquel manicomio accidental que es la calle. Ahí están los demonios: en la madriguera de la intemperie que sirve de refugio para apiñar almas.

La sintonía falla, y la cordura sumerge su agonía en el exterior. Y los vemos dibujando con el dedo figuras inexistentes en las paredes, sentados como cobras domesticadas mirando una ventana llena de restos de saliva y huellas cubriéndose las piernas con una frazada vieja.

Deliran, comentan párrafos de tiempo. Confunden a nietos con primos, mientras el universo va enredando sus esfínteres.

Nadie les preguntará qué ven: no somos capaces de comprender las sombras.

—¿¡Qué pasa!? Papá, por favor qué es lo que te pasa.

—El agua, las arañas –señala el suelo. Está subido a la mesa de la cocina, boca abajo, sobre los restos de la cena—, ahí, ahí, correte que te pican Joaquín.

—Papá bajate de la mesa, no hay ninguna araña. Nada te va a picar. Y soy Mariano, no Joaquín.

Hace un esfuerzo tremendo por bajarlo de la mesa, pero la resistencia es férrea. Como si por fuerza del miedo hubiera multiplicado su energía. Empieza a patalear. Dos platos caen al vacío, una copa rota le hace un pequeño tajo en el brazo. Sangra.

—¡La reputa madre, dejá de joder! Vamos papá, por favor –lo agarra de la tela del pijama—. Tengo que curarte el brazo y te voy a llenar la bañera, así no te podés ir a dormir.

Una horda de arañas avanza sobre un mar rojo en la cocina. Fantasmas recorren los pasillos, suenan fusiles, alguien juega la ruleta rusa con un tenedor.

Mariano le protege la herida con una gasa y alcohol. El viejo parece no advertirlo. Mientras prepara la bañera, se le caen unas lágrimas. Después del episodio de la mesa, su padre se quedó inmóvil, con la vista desperdigada en el empapelado de la pared. Las manos rígidas, sin el menor cuidado: sin sensibilidad. Sin embargo Mariano pudo notar en sus labios una leve sonrisa, una especie de mueca: en alguna parte de su misterioso ser, Alfonso se divirtiera. Cada tanto sacaba la lengua y se relamía.

Mariano le alcanzo un vaso con agua y le hizo tomar la medicación. Tres pastillas, que nada resuelven.

El agua de la bañera tiene la tibieza justa y el baño está lleno de vapor.

—Vamos papá.

Nadie responde. Lo único que rompe el silencio son las gotas residuales que caen del canillón.

—No me la pongas difícil –lo levanta tironéandolo del brazo con delicadeza.

—¿Adónde vamos?

—Te vas a bañar, es un ratito, así te podés ir a acostar.

—¿Viene Laura? Decime que viene. Ella sabe que…

—No, Laura llamó que no va a poder venir. Pero me dejo a cargo y si te portás bien mañana te trae un regalo.

Siempre preguntando por Laura. Y no se puede gritarle que su hermana, la famosa “Laurita” falleció hace quince años. Nadie se atrevería siquiera a mencionar que las cenizas de Laura están en algún lugar del tiempo, consustanciada con el río Paraná.

Por unos instantes Mariano se queda pensando, lo pierde de vista y Alfonoso ya está metido en el agua, con el pijama y las pantuflas puestas. La gasa flota y él juega. Juega y llora. Se queja de que Laura no vino, de que se lo prometió, hasta que vuelve la mudez.

Mariano se sienta en el borde de la bañera, le saca pacientemente la remera y la tira en el canasto de la ropa sucia. Alfonso empieza a chapotear, balbucea, escupe. La presión del agua hace que las pantuflas salgan a flote. Mariano no se inquieta, prefiere verlas ahí, a salvo en la superficie. La lucha de sentimientos en su interior se rinde: él también debió ser insoportable de chico. Lo ve jugar a su papá con las pantuflas, seguir chapoteando, quedarse quieto mientras lo enjabona.

—¿Dónde estoy?

—En casa viejo, en tu casa.

—¿Vos quién sos?

—Mariano.

—¿Mariano?

—Sí, Mariano, tu… —un nudo le invade la garganta y no puede terminar la frase.

—¿No va a venir Laura?

—Debe estar por llegar.

 

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