La cubana

Me enamoré de una cubana, así tan verde como estaba, a punto caramelo de mi insatisfecha fotosíntesis sexual. Entiéndanme, siempre fui un perdedor y cuando la vida te alcanza una encomienda que no esperabas, se enciende un fuego, un fuego interno, como una bola de ansiedad que se expande en el estómago y sentís que por fin, por una puta vez, le estás dando un cachetazo a la suerte, y se reflotan todos los discursos optimistas, con anotaciones de horóscopos como “esta es una semana de éxito” o “aprovechá las oportunidades”.

Y cómo, cómo decir que no, si estaba yendo a lugares de cuarta, a tugurios indiscernibles para alguien en posición aceptable, a cuevas desdentadas con tal de conseguir un palmo de sexo furtivo y no frugal. Era una expiación: las sábanas transpiradas de hoteles de mala muerte, el humo del cigarrillo post acto como único placer, y al lado la suma de todos los karmas del mundo, un ser acucarachado, amargo, y esperar al timbre del turno como varita mágica para que todo desaparezca, volver al refugio de la cama de una plaza, a la pared empapelada y a la colección de cajas de perfume.

No me quiero justificar. Es lindo mirar al pasado y sentir que el árbol de hoy, fue alguna vez un pequeño arbusto de personalidad con savia desbordante y utópica. Verde, esa es la palabra clave. Frágil para las relaciones humanas como una cáscara de huevo, con la fisura leve que al quebrarse muestra el interior directo.

Tan verde que el jugo sale fácil.

Pero el crecimiento, y en especial la conquista son situaciones atroces, con una violencia tal que el perdedor multiplica, porque en cada ocasión que pone el pecho siente que se juega la vida en un acto irreversible.

La cubana fue una revelación. Como comprar un Cadillac o algo por el estilo: encontrar el maná centroamericano en el cumpleaños de un compañero de la escuela vino a romper con todos los paradigmas. No piensen por favor en una mulata exuberante y chabacana… no, quiero que cierren los ojos e imaginen una cubana rubia, de ojos claros, un ángel isleño y balsero.

¿Quién es? Pregunté señalando como si un nene de seis años hubiera visto un terodáctilo en una jaula de cristal. Ocho cigarrillos tardé en acercarme con las manos húmedas y la lengua trabada por el soplo al corazón que llega cuando estás a unos pocos pasos de la gloria o del estrépito del fracaso. La infame percepción del zumbido de una mosca posada sobre los sandwichs de miga.

El existencialismo pesa. Pero de qué existencialismo puede hablar un pibe de veinte años verde. ¿Cómo es posible que sufra por una idiotez tal como sentir el desamparo de la soledad en una vida que recién comienza?

Pesa. Crecer pesa.

Yamilka se llamaba la cubana. Vivía en un departamento frente al cementerio de la Recoleta. El metro cincuenta proporcionado achicaba los miles de kilómetros que nos separaban de la isla.

Pregunté a un amigo si estaba sola, sin obtener respuesta. Miré por última vez mis pies, los cordones de las Reebok Classic estaban firmemente atados, el ruedo del pantalón recto, y pensé “¿qué puede salir mal?”, y la respuesta fue todo, sos un perdedor, un tipo al que las mujeres lo esquivan, como a un póster viejo.

“¿Qué tal? ¿Yamilka, no? Qué lindo nombre, exótico”.

Hoy a la distancia creo que debería haber un manual para ingenuos, o Dios, en esos casos debe tomar participación activa, hacer que un cúmulo de saliva te atragante sin matarte y logres al menos un salida honrosa al hospital Pirovano. Pero esa noche Dios hizo la vista gorda y me dejó creer en una becerra de oro.

No la desvirgué —ni mucho menos—, pero cuando le conté a un amigo que escuchó a los Beatles por primera vez conmigo, sentí una sensación similar. Es imposible no encariñarse con una mujer que no escuchó hasta sus veinte años nunca a los Beatles, y que estuviera compartiendo ese momento conmigo.

Cómo no amar, a alguien bello entre tanto pozo ciego, que vendría a reivindicarme, a legitimar mi presencia en el mundo como hombre, a ser el pase libre para pasear inéditamente a luz del día del brazo por cualquier parte, sin sentirme un Gregorio Sansa confinado a las voces ciegas de la noche.

Varias veces hablamos de Cuba y de los sueños. Estaba en Argentina desde principios del 2003. Un empresario mexicano la conoció paseando por la isla y se encargó de hacer los pases diplomáticos que requieren los cubanos. En resumidas cuenta la sacó de ahí, le buscó un destino y la mantenía. Pensé de inmediato en el trueque dinero por disponibilidad y sentí que ese intercambio me superaba.

Su único sueño fue salir de la isla. Me lo confesó con cierta congoja pero sin llanto. Era una refugiada y yo fui uno de sus compañeros de exilio. No lo percibí en el momento, pero me utilizaba como a uno de tantos partenaires en su vida. Ella se había convertido en un mercado persa. Pero no lo supe ver, ni las complicaciones me movieron al pesimismo, porque gracias a ella mi lengua por primera vez estaba a gusto y mis ojos no hacían otra cosas que vanagloriarse del trofeo.

—¿El mexicano viene seguido a visitarte? –pregunté.

—Cuando quiere, una vez al mes, o dos…

—¿Qué empresa tiene?

Confesó que era un distribuidor de cocaína para el Caribe. Si bien no venía a Buenos Aires con frecuencia, llamaba bastante seguido. El pacto fue que yo me mantuviera callado y por los veinte minutos que duraba la conversación, permanecía inmóvil como una maqueta, desnudo en el sillón del living que un narco le pagaba a mi –ingenuidad mediante— novia.

No podía competir. Yo ni siquiera trabajaba. Mi buen pasar, el auto, la universidad privada y los viajes, se los debía a mi familia, en particular a mi viejo, que era el jefe de hogar, proveedor que concordaba al pie de la letra con la definición de Pater Familias de Derecho Romano. Lo primero que hice cuando estuve con Yamilka fue contarle. Teníamos una relación de complicidad. Pero pasado un mes ya no éramos amigos. La guerra fría se había instalado en casa. Él representando a un Estados Unidos omnipotente, yo a un enclave americano de la extinta Unión Soviética. Casi no nos hablábamos, empezó a retacearme el dinero y la cubana nunca quería hacer cosas gratis como ir a un parque. Todo su trueque era oneroso. Para seguirle el tren fui cambiando dólares que tenía ahorrados, y cada vez que ella proponía una actividad, la daga del ahogo económico empezó a escocerme las vísceras.

Seguía viéndome con mis amigos, pero al primer ring me alejaba haciéndome el serio, y me evadía con cualquier excusa. En cada escapada, sentía la presencia del monitor omnisciente en casa, con la síntesis perfecta de las palabras que se transmiten con el solo mirar, con la constancia en inquisitiva del “¿con quién salís?”.

A pesar de los contratiempos, lo tuve todo: el traje de perdedor en el placard, almidonado como una viuda que espera sus condolencias; la ruptura del bloqueo, un cuerpo deseado en sábanas limpias, la vuelta a casa de madrugada con la colección de frascos de perfume y el televisor veinte pulgadas en mi habitación; los encuentros pendientes del llamado del narco mexicano, el desapego para con los libros de derecho y las rutinarias llegadas tarde a la facultad; el vocablo “macho” importado. Salir a mostrar el “Cadillac cubano” y verlo a un compañero de la facultad, el mufa del colorado Casillo con la mirada salteada por la envidia, mientras me daba el lujo de no saludarlo.

Pero la tropa hogareña se me terminó de poner en contra. El aire contaminado llegó a las oídos de mi mamá, quien en represalia dejó de plancharme la ropa. Si le pedía dinero nunca se negaba, pero me daba la cantidad justa para un paquete de cigarrillos.

—Amor, ¿vamos a cenar afuera?

—No… quedé en cenar con los chicos, pero puedo pasar por tu casa a tomar algo –tuve que maquillar mis desavenencias económicas.

—Quería salir, mi niño. Bueno, será otro día. Mua.

¿Qué pasa? ¿Ya no le gusto? ¿Perdió el interés en mí? Me llenaba la cabeza con una avalancha de preguntas que se resuelven fácil, pero siempre por boca de otros. Porque como perdedor verde –y gracias al tiempo puedo decir que transitorio—, era más fácil justificarme con un pretendido goce de autoayuda a ser objetivo.

En el fondo de mí estaba el convencimiento de estar viviendo una ficción maravillosa pero endeble como un castillo de naipes al viento. Junto con mi savia verde, se me terminó el dinero para invitaciones, regalos y agasajos. Fue poner la llave en la cerradura de casa, que mi viejo me esperara sentado en la mesa de la cocina, entre el aire viciado de humo –y hoy entiendo, amor—, para pronunciar las palabras mágicas: —Mirá si vos te querés ir con la trola esa que te está exprimiendo sin que te des cuenta, no hay problema, el auto está a nombre tuyo, lo vendés y tenés para empezar tu vida con ella, pero acá en casa no vivís más.

Odié Cuba, putié internamente a Stalin, a los huevos de Fabergé y al comunismo en sus infinitas variantes. Caminé al balcón, prendí un cigarrillo y me senté a mirar la calle, los autos, la luz intermitente del cartel de estacionamiento. Relajé la dureza de los callos plantales. Mi cerebro dio la orden precisa de cegar los ojos con el vacío de las calamidades, del saberse descubierto y por sobre todas las cosas verde y con la época de poda cerca.

Entendí que yo también estaba sujeto a un trueque, con la diferencia que era mucho más controlado, no una sombra a miles de kilómetros.

La exposición al desgaste y la coerción fueron efectivas y me hicieron declinar. Dejé a la cubana con el mismo dolor que un nene deja olvidado un balde de juguete en el arenero de la plaza, sabiendo que no lo va a recuperar, que puede haber otro balde, pero nunca va a ser el mismo porque lleva la marca inmaterial de la manipulación.

Tendría que buscar en adelante otras bocas, volver a apedrearme con ese ser maltrecho que veía en el espejo a diario, olvidar el triunfo efímero y fervoroso, en el que un mes atrás me había jugado la vida por un idilio que volvió a multiplicar mi soledad por inexperiencia.

No quiero moralejas. Los principios y finales felices son para aquellos que pueden ocultar bien su mierda o la hacen tan visible que la vuelven parte del juego; no para los intermitentes.

Según supe, a Yamilka en breve se le terminó el sustento mexicano y el argentino —al menos la parte que me correspondía—. Cada vez que paso por Recoleta miro el departamento que solía ocupar, cambio la vista enfrente y siento que enterré ahí los gajos de melancolía, el nudo en la garganta del desprendimiento, y un pedazo del ego de perdedor.

Igual sigo pensando… cómo, cómo no enamorarse. Poner una canción de los Beatles en el auto, que abra los ojos de par en par y que te diga con tonada cubana que es la primera vez.

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