La galleta en la nieve

Es como si al contarlo, se volviera tangible, de carne y hueso, y lo veo. Lo veo crecer, multiplicar su altura, aprender, dormir, convertirse en un joven saludable. Pero de pronto le pierdo el rastro, como si me abandonara, o se escondiera en lo profundo de un bosque, o en una isla.

Parece una isla, pero no entiendo cómo llegó allí tan joven. ¿De qué huye? Si no debe tener más de dieciocho años, debería estar cursando el último año de la escuela secundaria o empezar el ingreso a la facultad. Si el estudio no lo hubiera atraído, siempre está la opción de volcarse al trabajo. Si la ciudad no satisfizo sus necesidades, hubiera sido conveniente que emigre al campo. No a una isla.

Las islas son intervalos de tierra serenos, pero de una serenidad indescifrable. Y pueden no tener salida.

Vuelvo la mirada y lo encuentro: la ropa verde lo hace confundirse con el césped. Se saca la campera a pesar del frío y toma una pala. Jamás lo había visto hacer ningún tipo de trabajo forzado. No pudo ni siquiera ayudar al pintor a rasquetear las paredes de su habitación. El verde hace triste su semblante, más siendo un joven que adora los colores estridentes. Pero es normal, a esa edad están en constante cambio.

No está solo; hay más como él, de verde, uniformados. Se complica diferenciarlo, como si fuera parte de una masa; un grupo desorientado de voluntades. Varios cargan palas.

Cavan. ¿Un pozo? A primera vista parecía un pequeño canal, luego se hizo más amplio, cabían ellos mismos dentro. Sin embargo la tierra sobrante no la distribuyeron de modo parejo. En uno de los lados de la excavación, podía verse el montículo de tierra, que luego apisonaron, convirtiéndolo en una pared rudimentaria. Del otro lado un breve trecho de llanura y una piedra de miles de toneladas.

Baja el sol, empiezan a hacer fuego, comen directamente de unas latas que lograron calentar. El frío derrite las nubes. Reina el silencio. Si hago un esfuerzo puedo escuchar el sonido de las cucharas rascando el fondo de los recipientes de metal. Ríen. Todo está calmo. Algo no está bien. Duermen unos pocos; otros quedan con los ojos abiertos a la expectativa. La noche se vuelve insoportable.

Me distraje, y cuando intenté focalizar la atención fue difícil ubicarlos, las condiciones climáticas se agravaron. Los campos se habían teñido de blanco. Ellos seguían en el pozo irregular, hablaban entre sí, a veces tomaban un aparato cuadrado y se lo acercaban a las orejas. Esporádicamente el tono de voz subía. En otras ocasiones quedaban en silencio, como si fueran víctimas de un cansancio extremo.

Dudé si eran los mismos. Las mejillas se habían hecho más escuetas, los semblantes más introspectivos. Discutían como un rebaño de lobos perdidos en la sabana. Cualquier movimiento podía adivinarse como peligroso. La vida para ellos se había tornado impredecible. Impredecible y blanca.

No se veían luces en la noche. Las estrellas ensombrecían la negrura perfecta, robándole protagonismo. A pesar de la oscuridad, presiento las sombras. Avanzan en forma ordenada, como una falange romana. No miran atrás. Tienen las caras cubiertas con máscaras que mejoran la visión. Parecen tener la magia de su lado.

Los de verde duermen, uno solo permanece despierto pero inmóvil. Debe estar recordando su vida anterior: las caminatas por el parque con su perro, las cenas en familia, las duchas calientes, los desayunos con medialunas y café.

El fuego enciende la noche. Puedo escuchar estruendos, gritos. Las sombras llegan por sorpresa. Los demás van saliendo del pozo y tratan de resistir. Nieva. No comprendo los juegos de la noche. Terminó el fuego, y como si se tratara de una obra de teatro, las sombras se retiran mientras los de verde se han recostado en el campo con los ojos perdidos, gastados. Obsoletos.

Amanece y no puedo dar más detalles. La vista se me ha nublado. El manto blanco cubre la explanada. A lo lejos creo ver el mar, como una amatista difuminada. Vuelvo los ojos y encuentro algo curioso: una galleta. Sólo una galleta en la nieve, un trozo cocido de harina que se asoma por la corteza del blanco inerte.

A estas alturas no sé si lo que relato es real o estoy perdiendo objetividad. “Perdón por el silencio”, parece decir ese retazo de masa congelada, mientras por fin se hunde en las cenizas de una isla en un abismo sin fin.

Y la nada es eso: un presente estático donde una galleta desaparece en la nieve, en silencio.

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